6/01/2017

Bitácora de viaje. Cartagena. Día 6. Despedida

Una de las cosas importantes que tiene un viaje es que se termina. Como lo bueno y lo otro, se termina. Lo importante es haber capitalizado el descanso, el conocimiento, el placer de disfrutar las delicias que el lugar visitado te ofrece. Y es lo que hemos hecho. Hemos disfrutado la ciudad, su movimiento, sus contrastes, su gente, sus monumentos, las bellezas escondidas, los sabores. Todas estas cosas y muchas mas hacen a un lugar único e imprevisible. 


Esta es la imagen que nos llevamos, de una Cartagena muy particular, a veces misteriosa, a veces secreta. Otras veces en toda la explosión de su ciudad. Sus murallas son hermosas ya que circunscriben a un centro histórico resguardado, en el mejor nivel de aquellas pequeñas ciudades medievales europeas que pudimos visitar. No es justo que la llamen el “corralito de piedra”, aunque también tiene el encanto porque quienes se lo dicen son los propios lugareños.



Cartagena tiene muchas cosas mas allá de sus propios contrastes y sus colores agregados a todo el ambiente colonial de la ciudad amurallada.  Por la tardecita con sus tenues luces la transforman en una ciudad romántica, casi mágica y profundamente misteriosa. Seguramente son los fantasmas de los que siempre ha hablado Gabriel García Marquez sobre sus ciudad preferida.
 “La ciudad era tan hermosa que parecía mentira”. Los fantasmas deambulaban por las calles. Muy poco había cambiado desde los tiempos de los virreyes. Su testimonio de ese instante es elocuente: Me bastó dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”

Tiene muchos monumentos. Uno que es grandioso y que supo ser el mas importante de todos como es el Fuerte de San Felipe. Millones de metros cúbicos de material han debido mover para levantar tamaña fortaleza. Seguramente que tuvieron que ver los esclavos negros que comenzaban a llegar de Africa. Por suerte, también ellos descubrieron los deseos de libertad y huyeron hacia el interior de Colombia donde fundaron El Palenque, tierra de negros africanos, cuyo valor mayor de hoy es que por ley se preservan las lenguas africanas de su gente. 

Es el monumento que Idan Zaresky, escultor franco-israeli,  presentó bajo el nombre de Big Foot. (pies grandes). La obra sensibiliza y se impone por si misma. Con sus raíces africanas y la genealogía de América Latina, es un llamado de paz y la esperanza, a la unidad entre la raza humana. “Sus enormes pies evocan las raíces de nuestro pasado, nuestra ancla a este frágil planeta. Recordar los seres humanos que somos y que todos venimos del mismo pequeño mundo. Su actitud relajada y la contemplación que emana Big Foot es un testimonio: No importa cuál sea nuestra raza o color, donde vivimos o lo que somos, todos estamos atados a nuestro planeta paradisíaco, nuestro hogar”.



Y así encontramos distintos monumentos particulares como la “Gorda Gertrudis”, hermosa obra de Botero, frente al templo de Santo Domingo con una actitud desvergonzada y sin ropas, se presta a la fotografía de todos los turistas. 

La India Catalina, que fue secuestrada de pequeña, educada por sus captores españoles y luego serviría para traducir y “pacificar” a los Kalamaries, su propia tribu que a la larga termina diezmada. ¿Pacificadora? Esas son las cosas de la historia.



Uno de sus museos particulares es el de la Esmeralda. Museo privado de la Joyería Caribe. Aún sabiendo que no éramos posibles compradores, nos permitieron visitar el museo y los talleres de la mano y la simpatía de Melbis Olivo. La historia de las piedras preciosas, el descubrimiento de la esmeralda, el trabajo de extracción de las minas y el diseño y paciente trabajo de orfebres, talladores y engarzadores de las más importantes piezas de esta piedra preciosa casi en extinción. Las distintas vitrinas recorridas nos permitieron visibilizar los distintos tipos de piedras y su valor, su dispersión en el mundo y el deseo de mucha gente de tenerla entre sus joyas personales.

La Cartagena, sus contrastes y sus misterios la pudimos recorrer en varias oportunidades. En una de ellas, fue en una charla dada por David, en el hotel Capilla del Mar con una excelente onda y una correcta información. A él van también nuestros agradecimientos.

Las calles tienen su nombre propio. Cada calle (cuadra) tiene el suyo. Vinculados a los dueños de las viviendas, a los hombres de la historia o también a los personajes creados por sus autores como “la Calle Tumbamuertos” del gran poeta colombiano Luis Carlos López que Gabo conoció en Cartagena. Y decía esto del poeta:
“ Luis Carlos López, mas conocido como el Tuerto, que había inventado una manera cómoda de estar muerto sin morirse y enterrado sin entierro y sobre todo sin discursos. Vivía en el centro histórico en una casa histórica de la histórica calle del Tablón donde nació y vivió sin perturbar a nadie. Se veía con muy pocos amigos de siempre, mientras su fama de ser un gran poeta seguía creciendo en vida como sólo crecen las glorias póstumas”.




Y no hemos hablado de la gastronomía. Los sabores y los olores se sienten en la ciudad amurallada. Los “Patacones” pequeños trozos de plátanos verdes y fritos en aceite caliente y aplanados que se sirven acompañando desde una copa de camarones o como guarniciones en un plato típicamente colombiano.

Los mariscos en sus distintas versiones han sido nuestro objetivo gastrónico. Ya sea en una copa, en un risotto, o en mixto sobre arroz blanco donde no faltaba ninguno: calamares, camarones, langostinos, pulpitos, caracoles, mejillones y unas variedaes especiales del norte colombiano. O también acompañando a otros pescados con arroz con aceite de coco, como el pez sierra o la moharra, un pescadito rojo fritado con una carne blanca deliciosa. Normalmente en Colombia se los acompaña con cerveza, o con algún mojito o margarita o, en la mayoría de las veces, con una limonada a la yerbabuena, refrescante y digestiva hecha con limas, ya que no podido encontrar ninguno de nuestros clásicos limones tucumanos.
Por supuesto que hubo varios cafecitos a la vuelta de nuestro hotel, en Juan Valdez, para probar las distintas variedades, tanto desde su origen como de su forma de prepararlo. Y no nos olvidemos del cholocate, con mucho porcentaje de cacao que lo trajimos para saborearlo de a poco en nuestras noches de tele y series.


Se hizo la noche y la ciudad amurallada comenzó a iluminarse. Fue el momento en que comenzamos a retirarnos y a despedirnos. Queda la colonia, quedan los fantasmas y probablemente, en estos últimos tiempos, el fantasma de Gabo siga presente no sólo en la casa donde vivió, no sólo en el monumento que guardan sus cenizas, sino en sus calles, en sus Santa Ritas siempre florecidas, en sus balcones coloridos, en fin, en esa Magia que nos dejó la ciudad y que se transforman en recuerdos para quienes leímos sus historias de Aracataca, de Barranquilla y de todos los pueblos del norte colombiano, cobijados bajo un único nombre: Macondo. No se lo olvida.

“Todo es posible en una ciudad donde alguien logra elevar una cometa de colores en medio de la muchedumbre”.


Hasta la próxima.

5/30/2017

Bitácora de viaje. Cartagena. Día 5. Isla del Encanto

No es lo mismo. La playa frente al hotel, cruzando la avenida está buena. Pero resulta mejor la ilusión de pasarse un día en la playa de una isla. Por eso elegimos conocer alguna de  las Islas del Rosario. Estas son un pequeño archipiélago de una treintena de islas pequeñas que se extienden más allá de la península de Barú.
Nuestra elección fue la Isla del Encanto para lo que había que tomar una lancha rápida que parte de la bahía de Cartagena y en una hora recorre por mar abierto la distancia hasta la isla.


Lo que nos permitió conocer una vista de Cartagena desde la propia bahía y la salida de la misma a través de Bocachica, a cuyas márgenes se encuentran dos antiguas fortificaciones, utilizadas para la defensa de la ciudad con fuego cruzado sobre los barcos enemigos que intentaban ingresar a la misma.









El viaje de una hora nos dejó sobre la isla del Encanto. Una bella y lujuriosa vegetación . Los dueños del parador brindan todo tipo de comodidades, desde el uso de playa, piscinas, comedores y sombra para aliviar los 30 grados de calor que persistentemente nos acompañaban.


Ante la invitación de visitar el acuario, asentimos y volvimos a subir a nuestra lancha (unas 40 personas) para dirigirnos al Parque Natural de las islas corales. Para ello nos dirigimos a otra isla (quince minutos) llamada San Martin y nos encontramos con el Acuario San Martín de Pajarales. El acuario es marino y a través de una serie de pasarelas pudimos admirar y conocer las distintas especies marinas que habitan en el lugar, acompañados por un guía isleño que nos hizo disfrutar no sólo sus conocimientos sino las distintas piruetas que hacían sus queridos peces. 



Nos asombramos cuando manejó a los tiburones como si fueran delfines, a lo cual ya estamos acostumbrados. No obstante, vimos tanto la presentación de los tiburones como la de los delfines en un hábitat natural.
Mas allá de los citados pudimos ver una variedad de familias de peces y de distintos tamaños, asi como tortugas, yacarés y las aves marinas que los acompañan.



Terminada la presentación volvimos a nuestra lanza y a la isla del encanto para el almuerzo porque ya era una hora justa para ello. Nos sirvieron una variedad de entradas y de pescados con salsas de mariscos, aunque también había pollo y carne (paso) y algunas pastas. De postre la variedad de frutas desconocidas para nosotros como el mango, la papaya, tamarindo y nísperos, como también algunas conocidas como las bananas, peras, piñas y otras mas.



La tarde fue de pileta y playa hasta la hora de volver. Otra vez a la lancha y a disfrutar del vento fresco que te daba a la cara (no tanto por la temperatura sino por la velocidad) y observar nuevamente  a esta Cartagena Mágica desde su bahía en la que navegaron los coloniales españoles y los piratas ingleses así como los viejos bucaneros buscando riquezas, detrás del sueño del oro y las esmeraldas. El viejo galeón que se encuentra en el puerto nos hace recordar a Jonny Depp y Geofrrey Rush y sus piratas de La Perla Negra.



5/29/2017

Bitácora de viaje. Cartagena. Dia cuatro. Santa Marta.

Llegar hasta Santa Marta implica unas cuatros horas en micro. Con lo que había que levantarse temprano. Por supuesto, al salir del hotel, los 30 grados, y en ojotas pasamos por la playa para mojar los pies. Aguas cálidas besando las arenas y produciendo sobre la piel el frescor que te da el agua. En Seguida a subir al micro.


La salida de Cartagena hacia el norte se hace a través de una amplia y muy marcada autopista. Cada tanto, obras importantes. Un puente a la salida , cerca del aeropuerto, para que la ciénaga o la laguna de la virgen se junte con el Caribe. Y ahí comenzamos a conocer los que es un manglar, ya que en repetidas oportunidades nos los nombraron. 



Es un terreno que, en la zona tropical, cubierto por las aguas de las grandes mareas y por la desembocaduras de los ríos y ciénagas o pantanos, lleno de esteros que lo cortan formando muchas islas bajas, donde crecen los árboles que viven en el agua salada. Y esa iba a ser el paisaje que tendríamos cuando nos acercáramos a Barranquilla y hasta Santa Marta.



Esta ciudad es la primera fundada en Colombia. En 1525. Se precia se ser una ciudad que tiene de todo: bahía, puerto, playas, cerros y una sierra nevada. Su importancia no reside en la propia ciudad sino en su valor en historia. Alli vivió sus últimos días y murió Don Simon Bolívar


Mantiene una estructura colonial y una riqueza de la época bananera. Aquí también vive el fantasma de Garcia Marquez, ya que muy cerca se encuentra el pueblo de Aracataca. Su bahía es pequeña y estratégicamente indefendible por lo que fue víctima de bucaneros y piratas que la atacaron, la saquearon y la incendieron en repetidas oportunidades. 


De ahí que lo colonial sea poco aunque la historia muy densa. Si bien la vida transcurre casi al nivel del mar a pocos kilómetros se encuentra la Sierra nevada, el pico mas alto de colombia de mas de 5500 metros de altura. Nos dirigimos luego de pasear por el centro histórico hacia la playa del Rodadero, detrás del morro y al sur de la bahía.



Para llegar a ella desde Cartagena tuvimos que pasar por Barranquilla y luego cruzar el Río Magdalena, que nace a más de 1200 km al sur. Situada sobre una de las orillas del río adquiere su importancia por su apoyo a la gesta libertadora, por su capacidad industrial y por su gran población actual de mas de un millón doscientas mil personas. Es una ciudad activa, abierta ya que en ella se han mezclado miles de inmigrantes de distintas etnias, conjuntamente con los pueblos originarios, los mestizos, mulatos y españoles.



Y este ir y venir a Santa Marta es donde se nos atravezó Colombia. De creer en una sociedad de carácter medio como leimos en un diario argentino, nos vimos de golpe con la pobreza, justamente cuando pasamos el Río Magdalena. A las orillas de la ruta, casi en zonas de ciéngas y manglares la gente vive de la pesca, con el agua  si no dentro de sus casas, por lo menos en sus patios. Para llegar a sus hogares necesitan las canoas y según dicen, duermen en ellas cuando la marea sube demasiado y supera los niveles de la ruta asfaltada.



Cuando pasamos por la Ciénaga viene el recuerdo de Cien Años de soledad y la gran matanza por las huelgas bananeras, por el año 1928. El realismo mágico de Gabo hablaba de 3000 muertos. La historia oficial nunca confirmó los fusilamientos. Probablemente sean menos que los que hay en Cien Años,  pero cuando la historia los recuerda no hace mas que volver a los Buendía:

“José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los hombros y se lo entregó a la mujer. «Estos cabrones son capaces de disparar», murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido de que nada haría mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte, José Arcadio Segundo se empinó por encima de las cabezas que tenía enfrente, y por primera vez en su vida levantó la voz.
-¡Cabrones! -gritó-. Les regalamos el minuto que falta”.



…. Debían ser como tres mil -murmuró.




En el norte de Colombia, el fantasma de Gabo siempre está presente.
Llegamos tarde a la noche. No sé si fue bueno el paseo hasta Santa Marta. Sí, seguro, muy sensible.


5/28/2017

Bitácora de viaje: Cartagena. Día tres

Llegamos a la ciudad amurallada por la puerta de la torre del reloj e ingresamos en la Plaza de los coches. Ya estamos dentro del recinto amurallado. Historia pura, Ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad ya que la ciudad se encuentra entera. A partir de ese momento,  todo se debe reciclar en las condiciones exactas de su construcción. Y  nada se puede destruir. 

Y tenemos de todo. Edificios que están perfectamente reciclados con los clásicos colores  (albero) de las arenas de las plazas de toros de Murcia, de Cartagena, de donde proviene el nombre, salvo con el agregado “de Indias”. De todos modos, a los nuevos edificios se les ha unido la alegría del colorido en sus paredes, en sus muros, en sus ventanas, en los refuerzos de los balcones y en las distintas clases de enredaderas floridas que los cubren. La vegetación tropical dentro de las murallas hace el resto.




Y en ella, hay de todo. Restaurantes, barcitos para tomar algo, carritos para servirte jugos, tragos y helados, joyerías para ofrecerte el  oro y las esmeraldas, de las buenas y de las otras, casas de cambios, tienditas de artesanías y de turismo, y el ofrecimiento constante de los vendedores ambulantes con sus sombreros, sus pinturas, sus baratijas, sus joyas. Y la invitación a subirte a uno de los carruajes que a partir de la tardecita llenan románticamente las calles de la Cartagena histórica. Y aprovechen hoy que hay promoción. Mañana, no se sabe.


Por el Barrio de San Diego llegamos a la Plaza de las Bóvedas, Son muchísimos arcos que cubren un espacio de 23 bóvedas que sirvieron al principio como santa bárbara del fuerte, luego como espacios de cárcel y en la actualidad como tiendas de artesanías, diferenciándose cada una de ellas por la variedad de sus ofertas, sus colores y la distinción de sus productos.













Caminando por el baluarte de Santa Clara y por el baluarte de la Merced llegamos hasta el Claustro donde descansa Gabriel García Marquez en forma de cenizas. Es el momento de volver a abrir el libro “Vivir para contarla” para que él mismo nos guíe por esa Cartagena que amó profundamente, tal vez distinta a la que hoy vemos, aún cuando siguiendo sus pasos podemos llegar a interpretarla en la profundidad que lo hacía el Gabo:
Fue una noche histórica para mi. Apenas si alcanzaba a reconocer en la realidad las ficciones escolásticas de los libros, ya derrotadas por la vida. Me emocionó hasta las lágrimas que los viejos palacios de los marqueses fueran los mismos que tenía ante mis ojos, desportillados, con los mendigos durmiendo en los zaguanes. Vi la catedral sin las campanas que se llevó el pirata Francis Drake para fabricar cañones. Las pocas que se salvaron del asalto fueron exorcizadas después de que los brujos del obispo las sentenciaran a la hoguera por sus resonancias malignas para convocar al diablo. Vi los árboles marchitos y las estatuas de próceres que no parecían esculpidos en mármol perecederos, sino muertos en carne viva. Pues en Cartagena no estaban preservadas contra el óxido del tiempo, sino todo lo contrario: se preservaba el tiempo para las cosas que seguían teniendo la edad original mientras los siglos envejecían… (Vivir para contarlo, cap 6.).


Y si. Cartagena entonces comienza a mostrarse como misteriosa, a veces siniestra, particularmente con el palacio de la Inquisición en pleno centro. Con sus iglesias y los palacetes de las familias patricias que no alcanzaban a comprender a los originarios y menos a los negros, más allá de las propias aventuras.
Pero hay mucho  más. 

El museo del oro nos muestra que los pueblos originarios quienes lo encontraron y lo utilizaron para sus ornamentos y sus ritos tribales, también tenían entre los mandrales de Tayrona las grandes planificaciones para el control de sus inundaciones, y para la eficiencia de sus sembrados. 







Modernos o no, tenían planificados los regadíos, la distribución hídrica de las inundaciones del Rio Magdalena. 200 años AC las tribus Zenú eran agricultores y orfebres. Manejaban el oro desde el fundido, el martillado, con la cera y el filigranado. Sus piezas recuperadas muestran una cultura desarrollada e inteligente. Sobre todo en lo que resulta la agricultura. Desde ser pueblos pescadores (-4000 años) hasta la agricultura (-200) se produce un desarrollo increíble. En la costa está en un lado el mar Caribe, sobre el otro margen de la costa, las ciénagas y lagunas con sus mandrales, verdaderos centros biológicos preparados para convivir entre las aguas dulces de los ríos y las aguas saladas de las mareas altas.


Los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge inundan anualmente las Llanuras durante ocho meses y dejan a su paso un fértil depósito de sedimentos; los suelos arcillosos y planos dificultan el drenaje de las aguas y su salida al mar. Al contrario de lo que sucedía en épocas prehispánicas, cuando los pueblos que habitaban las llanuras inundables aprovechaban las crecientes de los ríos, hoy la gente sufre año tras año la pérdida de sus viviendas, enseres, cosechas y ganado. Las poblaciones zenúes que habitaron estas tierras inundables transformaron el paisaje con el fin de adecuar extensos terrenos para vivienda, cultivo y vías de transporte, mediante un ingenioso sistema de control de aguas. Fue un largo proceso que alcanzó su mayor auge entre el 200 a.C. y el 1000 d.C.



Basta hacer el camino hasta Santa Marta para descubrir el paisaje costero, el mar la playa y por dentro las ciénagas y mandrales y el paisaje urbano que forman sus pueblos pescadores que parecieran olvidados con el paso de los años. 
Hasta mañana.